De la coincidencia y yo (capítulo 1). El Museo del Holocausto

Jueves, junio 11, 2009 17:38
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El mundo es espiral. La vida es espiral. Mi vida es espiral. Que sí, que lo digo a veces, que sí, que lo interpreto a veces, que sí que todo va y viene y retrocede. Es cierto. Decía Heráclito eso del río y mojarse  en el mismo río con diferente agua y todas esas cosas. Y yo lo creo. Pero además de espiral la vida es coincidencia. La vida es casualidad. Es más, nuestros ojos hacen que sea casualidad. Por ejemplo, ¿ha habido esta semana más incidentes de Airbus que hace un mes? Probablemente no. Son nuestros ojos que tras la tragedia del Airbus de Air France han decidido estar más pendientes de lo que pasa con los airbus. Y como los periodistas somos ojos y nuestros jefes son ojos con ganas de marcheta, pues cada día otro Airbus nos sufre un susto en cualquier lugar del mundo, y lo contamos.

Por eso las coincidencias a veces no son tanta coincidencia como que nuestros ojos, nuestra cabeza, quieren ver la coincidencia o están más abiertos a percibirla. Este es el primero de una serie de posts sobre últimas coincidencias que mis ojos han visto, y mi piel ha sentido. Tienen que ver con cruzar un océano. Tienen que ver con vivir al lado de un río. Tienen que ver con mi gusto. Tienen que ver con mis sensaciones.

Hace poco más de una semana visité en Washington el Museo del Holocausto. Conté aquí mis sensaciones, entre otras muchas. El Museo, ese museo, es algo más que un recorrido por el horror. Es una enorme institución didáctica que reparte culpas y agradecimientos entre mucha gente, incluidos judíos, gentiles, estadounidenses y europeos. Organiza charlas con supervivimientes del Holocausto nazi, difunde vídeos, libros, campañas y sentido para que algo así no vuelva a repetirse. Está, además, pendiente, de otros holocaustos, de Darfour o de Ruanda. Me gustó la forma en que combina horror, historia, información y esperanza, y por eso no es de extrañar que haya a quien no le guste, o que lo odie.

Sorprendían las medidas de seguridad, pero ayer se demostraron necesarias. Ayer, un supremacista blanco, osea, un imbécil, de 88 años, entraba disparando indiscriminadamente en ese museo matando a un guardia de seguridad e hiriendo a otro. Quizás me registró el otro día, pudiera ser, o quizás, no. Así expresa la gente del museo su dolor:

There are no words to express our grief and shock over today’s events at the Museum, which took the life of Officer Stephen Tyrone Johns. Officer Johns, who died heroically in the line of duty, served on the Museum’s security staff for six years. Our thoughts and prayers go out to Officer Johns’s family. We have made the decision to close the Museum Thursday, June 11, in honor of Officer Johns and our flags will be flown at half mast in his memory.

El idiota asesino tenía 88 años, porque la idiocia y el odio no tienen edad. El idiota asesino ha demostrado que lo que enseñan en el Museo hay que seguir enseñándolo. El idiota asesino ha hecho del odio su vida, en una espiral que le llevó a combatir en la Segunda Guerra Mundial contra aquellos a los que admiraba, los nazis. La vida, a veces, da vueltas incomprensibles, que, en este caso han acabado con la muerte de una persona a la que puede ser que yo viera hace poco más de una semana.

Historias de Washington: Los Obama y yo (sin los Obama)

Martes, junio 2, 2009 13:44
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El desierto, versión ciudad

El desierto, versión ciudad

Cuando en Geografía Humana estudiábamos (bueno, entre partida y partida de guiñote en el bar de la facultad de al lado) lo que era la distribución urbana en Estados Unidos, yo era incapaz de hacerme a la idea. Me sorprendía pensar en los centros de las ciudades vacíos porque sólo tienen oficinas y tiendas. En Europa, en la mayoría de Europa, el centro es el núcleo histórico y por tanto, en mayor o menor grado de degradación, el punto histórico-artístico-vital más importante de las ciudades. Washington es el paradigma de lo contrario. Su Downtown es un desierto, sin paliativos, entre el viernes tarde y el lunes por la mañana y entre las horas que van desde las 6 de la tarde hasta las 9 de la mañana.

El centro del centro del mundo, resulta ser, bien de veras, el agujero del donut en horario no de oficina. Pero es el centro del mundo.

El centro del mundo mundial

El centro del mundo mundial

El Capitolio

El Capitolio

Y por ello, y porque los Obama están dentro de la Casa Blanca, los alrededores de la casa se convierten en un clamor constante. Hay quien se sienta delante desde hace 20 años, quien protesta por la última actualidad o quien decide rezar por la unión de los inmigrantes y la paz mundial.

Desde los 80 lleva esta señora aquí contra la energía nuclear

Desde los 80 lleva esta señora aquí contra la energía nuclear

Por la libertad en Birmania

Por la libertad en Birmania

Para que veáis que había más gente

Para que veáis que había más gente

Predicando la paz mundial

Predicando la paz mundial

Ojo al vídeo, que demuestra, entre otras cosas, que una activa puesta en escena, a veces no es suficiente para motivar al público, y sino, miremos a este buen señor que en pleno éxtasis del preacher se dedicaba a sestear al solecito de Washington.

A este señor no le gustaba el sermón

A este señor no le gustaba el sermón

La protesta más emotiva del día, por cierto, y, por supuesto, es una visión parcial de una visita parcial, era la de las llamadas “Madres de la plaza de Tiananmen“. Estos días se conmemora el 20 aniversario de la matanza de Tian Anmen, cuando el regimen comunista chino aplastó sin miramientos una revuelta estudiantil sin precedentes en la República Popular. Frente a la Casa Blanca, varias asociaciones de chinos, incluida “Madres de Tian Anmen“, realizaron una vigilia con velas nocturna, un concierto de música tradicional e instalaron una exposición fotográfica con la secuencia de los hechos. Ponía los pelos de punta comprobar la alegría de las primeras horas y la tragedia de las últimas. Ponía los pelos de punta como madres, estudiantes, campesinos, obreros, soldados chinos se enfrentaban a un gobierno omnipotente y eran castigados brutalmente por ello. He rescatado tres fotos, pero la exposición era mucho más elocuente.

Madre y su hijo en Tian Anmen

Madre y su hijo en Tian Anmen

Exposición Tian Anmen

Exposición Tian Anmen

Broadcast de campaña en Tian Anmen (año 89)

Broadcast de campaña en Tian Anmen (año 89)

Además, del centro vacío, Washington ofrece su Mall, el National Mall, le llaman. Una inmensa pradera que se extiende de este a oeste y que agrupa todos los memoriales habidos y por haber a la historia americana. Washington, Lincoln, Vietnam, Corea, 1ª y 2ª Guerras Mundiales, Kennedy…todos tienen su rinconcito en esta pradera que va desde el Potomac hasta el Capitolio y en cuyo centro hay un obelisco al que se puede subir. Dado que es el memorial de George Washington, no me resisto a imaginar qué parte del cuerpo del presidente de dientes de madera (Trivial dixit) quiere representar.

Admirando Lincoln

Admirando Lincoln

Monumento a Washington y Capitolio

Monumento a Washington y Capitolio

Pero el rey absoluto en esta ciudad es el 44º presidente de los Estados Unidos de América, Barack Hussein Obama. Esto no siempre ha sido así, desde luego, y  sólo a partir de noviembre de 2008 los Obama han conquistado el espacio de la imaginería en la ciudad. Camisetas, postales, gorros, chapas, jarras, muñecos…miles de objetos de merchandising solo para la familia Obama, Barack y señora. Tiendas enormes están dedicadas exclusivamente a productos relacionados con el matrimonio que ahora rige los destinos del mundo (o al menos creen que los rigen).

Obama Superstar

Obama Superstar

Obama Superstar

Obama Superstar

Tiene Washington más cosas, claro. Tiene una línea de museos envidiable en el propio Mall, donde la Smithsonian guarda un poco de todo. Por no agobiar he colgado las fotos en facebook. Mejor dicho, tiene dos museos de arte, bastante potables, y unos cuantos museos tipo powerpoint de esos que te mandan, con sus aviones, sus stands patrocinados y su visión americanocentrista del mundo.

Tiene Washington también una zona cultural importante (aunque limitada) en Dupont Circle y Adams Morgan, recomendables, sobre todo la última por su mezcla de rebeldía, Etiopía y latinía.

Y por último, pero no menos importante, tiene un espectacular Museo del Holocausto que es visita obligada. Entre otras cosas, propone encuentros semanales con supervivientes, pero además, tiene una línea didáctica espectacular que no ahorra críticas a los propios judíos, a los europeos y a los norteamericanos. Realmente recomendable. Coincidió además, que esta visita la hice justo antes de bajar hacia el aeropuerto y acompañado de Jonatan, un chaval que conocí en el hostel, mexicano, pero residente en San Luis, Missouri. Pertenece a una organización que agrupa a colectivos de inmigrantes latinoamericanos de todo los EEUU para luchar por sus derechos. Su visión de los Estados Unidos como inmigrante de éxito (porque su familia lo es) me pareció interesante, más allá de la victimización y con una perspectiva amplia. Pero eso, amigos, será cosa de otro post (o no, y lo dejaremos para unas cervezas, ya Ambar).