Aragón, el país que se olvida
Jueves, abril 23, 2009 9:37
Erguidos sobre barras de metal los dragones bordean el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Nunca me había fijado en ellos. Los dragones están, pero no se ven, porque no los miramos. Sin mirar, no se ve. Y Aragón no se ve a sí mismo sino se mira desde más allá. Es nuestra idiosincrasia, va en nuestros genes, en nuestras raíces que se hunden en una tierra húmeda por los costados y seca en el centro excepto por una gran vena que nos une y nos separa a partes iguales.
Somos Aragón, nos dice nuestro Gobierno este año. Somos. Somos tiernos como la arcilla y duros del roquedal, nos decía Labordeta. Somos. Somos un pueblo de agua en un seco país, nos dice La Ronda de Boltaña. Somos.
Somos dragón, princesa y caballero a partes iguales, aunque a veces parezcamos el caballo, que no sale nunca en las historias. Somos. Somos alma de piedra y viento y desierto y montaña y nieve y bosque y huerta y polvo y niebla. Somos un pueblo destartalado en medio de una carretera comarcal sin cobertura de móvil y somos una ciudad a medio camino entre la modernidad y el provincianismo. Somos una montaña orgullosa llena de nieve y somos un desierto donde sólo hay tierra reseca. Somos los que estamos aquí, los que han venido aquí y los que se fueron allá. Somos tres lenguas. Somos una historia. Somos la historia. Somos en la historia.
Y hoy, sólo hoy, una vez al año, y sólo una vez al año, está bien visto por nosotros mismos sentirnos orgullosos de los que somos. Sea pues. Somos aragoneses. Somos de Aragón. Somos Aragón. Y llevamos más de 1200 años llevando ese nombre, esa carga, esa riqueza, esa marca por el mundo. Aunque seamos el país que se olvida de sí mismo.





