La infancia se va con el tiempo

Lunes, abril 20, 2009 21:29
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Es  una perogrullada. Uno deja de ser niño cuando crece. Físicamente, al menos. Todos conservamos un poco de ese niño dentro, siempre. Pero el tiempo se nos va llevando la parte de fuera. Nuestra apariencia, nuestra mente, nuestra capacidad de sorprendernos. Poco a poco va mutando, apareciendo o desapareciendo. Hay personas que tienen el brillo del niño en los ojos, todavía, y yo confío en ellos.

Pero hay otra parte de nosotros que el tiempo también borra. Es la parte exterior, la más exterior, la que hacen los otros y los lugares, y no necesariamente en ese orden. Se van los abuelos, se van los padres, se van los profesores. Poco a poco, inexorablemente. Es el tiempo. Es ser humano. Es vivir, y morir.

Hoy se me ha ido otro cachito de mi infancia. Una parte del cachito que era un chalet en Logroño. Una parte del cachito que nos contaba generación tras generación los mismos chistes. Nos hacía los mismos trucos de magia. Los mismos chistes y trucos de magia que ponían en mis sobrinos la misma cara de sorpresa que me pusieron a mi hace 30 años.

También era mil botecitos de colonia, mil corbatas, mil peines recolectados en años trabajando de representante. Tesoros de cuando era niño que hoy han perdido un poco el alma. No es el primer trocito de mi infancia que me abandona. Antes fue la mano y los ojos que me enseñaron a pasear Zaragoza. Y la mano y los ojos que me enseñaron a jugar al guiñote. La otra mano y los otros ojos que me enseñaron a ser del Zaragoza y a ser, en buena parte como soy y a contar los chistes malos que cuento (y repito, y tripito). Y la otra mano que me enseñó a amar los macarrones con tomate y a estirar las sábanas de abajo con un sólo golpe de mano.

Son trocitos de mi infancia que quedan en el recuerdo, como ahora Goyo, que se ha ido apenas cuatro meses después que su mujer, Merche, que también es otra parte de mi infancia que se desvaneció después de luchar durante años. Goyo que es el truco del mechero y la servilleta, que es los juegos de niño repetidos a cuatro generaciones diferentes. Hasta siempre.

Juanita y la bufanda

Martes, noviembre 20, 2007 15:06
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Ya llegó el frío. A las 4 y 20 hace más, seguro. Pero ayer la mañana se nos heló de escarcha, viento y agua. Poca. Retomé del armario una bufanda. Es oscura, con rayas grises y rojas. Es sintética. Por eso luego voy dando garrampas por las puertas de los coches. Por las puertas en general. Toco la electricidad en el ambiente y me la paso a mi mismo para seguir tocando y pasando. Soy eléctrico gracias a la bufanda sintética. Pero protege del frío. Pero recuerda a otra época. Pero recuerda a otras inquietudes. Pero recuerda a otras personas.

La bufanda me la regaló Juanita. Hará dos años en enero, creo. Me la trajo sin avisar un cuatro de enero. El día de mi cumpleaños. Poco después dejaba Barcelona, no para siempre. Juanita limpiaba la Casa del Libro. Juanita cantaba. Juanita nos traía chucherías a todos. A mi me gustaban las coca-colas. Las de sidral. Me las dejaba en el punto de información, y cuando se enfadaba conmigo no me las daba. Aunque se enfadó pocas veces. Juanita trabajaba por la mañana en una oficina. La limpiaba. Se quejaba de sus compañeras, que eran unas guarras. Después venía por la tarde a la librería. A seguir limpiendo. A recoger papeles. Casi siempre con una sonrisa.

Juanita no sabe catalán. Llegó de Jaén, o de Córdoba, o de Granada hace veintitantos años a Barcelona. Pep siempre le hablaba en catalán para que se acostumbrase, y ella se reía. Se reía de casi todo. Bastante tenía. Trabajar más de 12 horas al día, cada día, durante más de 20 años no dejaba tiempo para mucho más. Un día me la encontré en el almacén llorando. Fue poco antes de que a su marido le diera un achuchón. No trabajaba. Y no podía volver a trabajar. Se le juntó con la mudanza a otro piso. Nos presentaba cada día a su hija, aunque le gustaba el novio que se había echado. Uno de las afueras de Barcelona. Como ellos. Después Juanita recuperó la sonrisa. Y siguió trayendo gominolas. Hace poco fue abuela. Sigue trabajando. Como siempre. Supongo que seguirá llevando gominolas en el bolsillo de la bata. Una bata que les cambiaron y que tampoco le gustaba, pero hasta se reía de como le quedaba.

Ayer, retomé la bufanda y me la puse. Entre las chispas del tejido sintético, el cierzo helador y el calor de la bufanda vi la sonrisa de Juanita. Me perseguía los pies con la mopa. Yo la saltaba. Como tantas veces. Hoy no hacía tanto frío, pero me he vuelto a poner la bufanda de Juanita.

 

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