Como siempre que vemos el rostro muerto de un ciudadano español el debate surge en los medios. Pocas veces es virulento el debate cuando el muerto muere en otros sitios, o es de otra nacionalidad. Pero cuando es cercano las voces bien y mal pensantes se alzan contra “el morbo”, “el sensacionalismo” y pidiendo “respeto y dignidad” para los muertos.
Lo he dicho alguna que otra vez, yo soy partidario de mostrar la muerte. La sociedad actual ha dejado tan lejos la muerte que nos la cogemos con papel de fumar cuando la vemos. Por supuesto que hay un límite, claro, pero ese límite no lo marca la distancia. Son igual 300 kilómetros que 30.000, porque los humanos somos eso, humanos, aquí y en la China Popular
Escribo lo que ya he escrito, porque el debate me cansa, me cansa sobre todo, cuando se produce sólo atendiendo al DNI del fallecido, y porque, en el fondo, reproduce la diferencia masiva (pero sibilina) entre la dignidad de los nuestros y la de los suyos. Los nosotros o los otros. Y digo esto sin entrar a calificar el hecho de ponerse a correr delante de un toro, o de matar a los toros después en una plaza, o de que la fiesta, como ha dicho el pastor más veterano de Pamplona, “a veces necesita muertos”
Yo soy partidario de mostrar la muerte. La violencia. La sangre. Pero toda. No me vale mostrar el cuello roto de Saddam Hussein y no mostrar las tripas del asesinado por ETA. O todos o nadie. Estamos alejados de la muerte. Somos una sociedad que vive en la asepsia del olor a muerto. Sobre todo la cercana. Para la de los demás estamos tan inmunizados que nos es igual 5 que 80. En el equilibrio entre la intimidad, el honor y el olor a muerto está el ejercicio periodístico correcto. Pero la deformación geográfica aleja cualquier sentido a nuestros criterios. ¿O acaso no tapamos la cara de nuestros hijos pero no la de los palestinos?. El ser humano es el mismo en Gaza, en Kenya, en Euskadi, en Aragón o en España. Quitar el criterio geográfico al valorar la intimidad de las personas nos devolvería una parte de nuestra propia humanidad. Sentir los efectos de la violencia por los propios ojos también nos debería devolver una parte de nuestra propia humanidad. 26/01/08
La diferencia entre unos cadáveres y otros la marca la distancia, es evidente. No el dolor de las familias, ni la moral, ni la ética periodística. Entre los dos ejes que fundamentan la importancia de una noticia, es decir, su propio valor como noticia y la distancia al lugar desde donde la contamos, el único eje que decide si se pone la foto de un cadáver o no es la distancia. Sólo lo constato, de hecho, no descubro nada nuevo, ni estoy proponiendo un nuevo modelo de moralidad. Esto es lo que hay.
Soy de los que piensa que la muerte debe ser mostrada. Siempre lo digo, pero no creo que el límite sea la distancia. Saddam Hussein cuando murió nos dejó dos imágenes. Una, mientras lo colgaban y moría, otra, grabada por el móvil donde se veía como se le partía el cuello y sangraba. La diferencia está en poner una u otra. La diferencia está entre mostar el morbo, el dolor o la muerte. Y no, no es fácil, ni mucho menos. Pero para eso nos pagan.
03/10/08