Los Sitios, Quim Monzó y Jan Potocki

Miércoles, marzo 26, 2008 15:55
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Leo “Ochenta y seis cuentos” de Quim Monzó. Me asombro con su facilidad para sorprenderme, aunque a veces no lo consiga. O yo lo adivine antes. Del “Por qué de las cosas” está en esta recopilación “La divina providencia”. Hombre escribe gran obra. Tan grande que le ocupa 50 años. Más de los que yo tengo. Sigue escribiendo y le quedan varios volúmenes por escribir cuando descubre que la tinta, la preciosa tinta con la que tanta neurona ha trasladado al papel, se borra. Libro a libro. Página a página. He releído el relato dos veces. Por el sufrimiento del hombre y porque me traía recuerdos de otro autor de gran obra.

Diego Hervás. Me ha venido a la cabeza y he ido a buscarlo corriendo. Aquí estaba, oculto entre las mil historias del “Manuscrito encontrado en Zaragoza” de Jan Potocki, que ahí es nada. Diego Hervás escribe sobre todos los saberes. Una magna obra de cien volúmenes en la que pone todo su saber sobre todas las ciencias. Con mimo las piensa, redacta y publica. Con mimo las guarda. Se abstiene de comer, de vivir, de beber, de holgar, de todo lo que hacen los demás. Él tiene que acabar su magna obra. Cuando la acaba, y ya colocada en las estanterías de su casa, la encuentra al día siguiente destrozada, destruída, arruinada. No es la tinta lo que desaparece, sino el papel, comido por las ratas.

No es extraño que piense en espirales. Que piense en el Monzó de Barcelona que se refleja en el Potoki de Zaragoza. No es extraño que recuerde que el manuscrito fue hallado en plenos sitios de la ciudad del Ebro, hoy, que se cumplen doscientos años. No es extraño que el saber se cree y se destruya con la misma rapidez. No es extraño que a las espirales las mueva el viento que hoy agita la ropa tendida. No es extraño. Los sitios, Monzó y Potocki unidos al lado de la Aljafería. Sólo sé que no se nada, decía Sócrates, pero no dijo que aunque lo supiera todo, nunca podría escribirlo.

No se muy bien que iba a escribir hoy

Domingo, febrero 3, 2008 23:47
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La verdad es que no sé muy bien que iba a escribir hoy. Durante todo el día han rondado las ideas por mi cabeza. Vuelan entre las nubes, las cuatro gotas y el suelo y al final caen sobre la rala cabellera. Siempre he querido escribir rala cabellera. Lo repito, rala cabellera. Es como de otros tiempos. Como algunos partidos políticos. Como los obispos que hablan de política sin hablar. Que hablan de la vida humana después de no retractarse nunca de bendecir fusilamientos. De despreciar en las cunetas vidas que ellos saludaron con los brazos en alto. Tan de otros tiempos como el carnaval. Que sigue vigente, que sigue activando paganismos extraños y lenguas que no existen, como en Agüero, que siguen haciéndonos pensar que a pesar de olvidar nuestro pasado , queremos seguir viendo el futuro. Que queremos ser.

No sé muy bien que iba a escribir hoy. Porque he escrito de todo y de nada durante todo el día. Me he releído de hace tres años. Me he vivido de nuevo. Me he sentido piel de nuevo y eso descoloca. Me voy de espirales toda la semana. Cruzaré el desierto para reunirme con el pasado, con el presente y con el futuro, como siempre que cruzo ese desierto todavía lleno de cerdos pero sin croupiers. Sean o no cerdos.

No sé muy bien que iba a escribir hoy. Porque estaba cerrado el bar de abajo y no me ha apetecido un whisky con agua para irme a dormir. Porque todavía sobrecogen las historias de algunas personas, como la de Sidi Ifni, un chico de allí que después de jugarse la vida en patera ha abierto un blog para contar su experiencia. No engaña. http://viajeenpatera.blogspot.com.

No sé muy bien que iba a escribir hoy. Quizás recorrar los yacimientos arqueológicos encontrados en Arqueotur una web interesante sobre nuestro pasado y lo que queda de él.

No sé muy bien que iba a escribir hoy.

No sé muy bien que iba.

No sé muy bien qué.

No sé muy bien.

No sé muy.

No sé.

No. 

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De trenes, cuentos, espirales y manos

Lunes, enero 28, 2008 19:13
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Hace muchos años escribí un lamentable cuento sobre un hombre que seguía una vía de tren. Lo escribí por dos motivos principalmente. Uno, ganar un premio que daban a relatos de viaje en Renfe, y otro impresionar a una chica que se llamaba Isabel. No conseguí ni una cosa ni la otra. El cuento era malo, pero eso sólo influyó en el primer objetivo. En el segundo tuvieron que ver muchas otras razones que tampoco vienen al caso. El otro día vi a Isabel desde el autobús. Creo que está casada. La última vez que la ví también fue desde el autobús, pero en Barcelona. Yo iba en el 19 por el Paseo San Juan. Acompañaba a mi madre a la Estació del Nord. Yo entonces, no hace nada, vivía en la Sagrada Familia. Al lado, mejor dicho. Como ahora vivo en La Aljafería.

Desde el autobús de Barcelona y tres años después desde del autobús de Zaragoza, vi a Isabel. Isabel me remite al tren. A la vía que recorría un vagabundo en un cuento horrible que acababa con unos versos copia inmunda de una canción de Loquillo. No digo más. Isabel, Zaragoza, Barcelona y el tren. Hoy el Periódico de Aragón publica que habrá trenes baratos entre Zaragoza y Barcelona que nos moverán de un lado a otro del desierto por 17 euros. No me importa no ver a Isabel desde el autobús. Sobre todo si se que cogiendo ese tren de ida y vuelta, desde allí o desde aquí, desde la Sagrada Familia o desde la Aljafería, veré a otras personas más importantes. Isabel fue una mano en un cine y un no. Nada que merezca la pena recordar aunque ahora lo hago. Hay más manos que ver. Más manos que tocar. Más manos que sentir. Manos más importantes. Manos que merecen un viaje de dos horas en tren.

Será la espiral. ¿O quizás es la Renfe?. Ayer a las 4.20 me llegó una foto de un despertador. Será la espiral.

Ps. Los comentarios de la noticia en el periódico merecen una revisión del sistema educativo y un replanteamiento profundo de la política aragonesa.

Los extremos de la espiral

Lunes, diciembre 24, 2007 11:31
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No he conseguido resolver mi misterio de las 04.20. Tampoco he conseguido resolver mi situación económica, ni comprarme un coche nuevo, ahora que el Xampi descansa en paz. Así que el reloj sigue pasando minuto arriba, minuto abajo por las cuatro y veinte de la mañana y reaviva mis neuronas un rater. Hoy, todo sea dicho, me he despertado a las 4 y pico, pero hoy había un motivo. Bueno, dos. Los domingos también hay fiesta en Zaragoza y mi habitación tiene claraboyas de luz que comunican con el pasillo. (No, no habéis hecho ruido, ha sido la luz). El caso es que ese misterio sigue sin explicación (y sin sorpresa, que prometí ayer y daré mañana o pasado, porque todo no puede ser). Otro misterio, de espirales y líneas centrífugas sigue poblando mis desvaríos.

Hoy la espiral es más espiral que nunca. O quizás ayer, o el sábado. Pero yo no se si es por mi propia voluntad que genera estas sinergías, o por la propia realidad que juega las pasadas que le apetece jugar, la espiral es más parecida que nunca a ambos lados del desierto sin casinos. Puede ser, claro, que en realidad todo sea un fantasma que recorre entre estaciones de cercanías de sinapsis y haga ver puntas de espiral, flecos de ilusión a ambos lados del vacío. Puede ser. No lo niego. Puede ser que en realidad nada sea lo que parece.

Pero evidencias tengo unas cuantas, la verdad. Por un lado en Zaragoza ya hay Casa del Libro. Tres plantas, miles de libros y chalecos verdes. No es tan grande como aquella que me quitaba el sueño, el tiempo y la energía en Barcelona , es verdad. Ni entre los dependientes vi a nadie que me recordara, ni de lejos, a algunas de las personas que conocí entre libros. No estaba Juanita , tampoco. Ni me llamaron imbécil. Ni siquiera me obligaron a firmar ni a sacar a relucir a Thoreau. Pero ahí está.

Salir de la Casa del Libro e intentar coger el autobús fue el siguiente paso de mi ronda de domingo. Siempre después de haber paseado por el Rastro de la Plaza de Toros, claro. Así que la espiral creció. Igual daba estar en Barcelona que en Zaragoza. Huelga de autobuses aquí y huelga de autobuses allá. Haberme despertado hablando en catalán sobre la Biblia tampoco ayudaba a aclarar el espejismo. Y tampoco ver al Barça por la tarde contra el Madrid. Crisis en el Zaragoza, crisis en el Barça. Casa del Libro, huelga de autobuses, crisis futbolera. El desierto más pequeñito que nunca. Casi tuve la tentación de subirme al metro y llegar a la playa a ver el mar. Comprendí que era imposible cuando tras las escaleras de la calle Zumalacárregui vi que sólo había punkis de 18 años y no una taquilla de TMB. Casi despierto. Después tumbado en la cama viendo Roma la espiral se cerró. Me dormí como había despertado. Hablando de la Biblia, y del Petit Nicolás en catalán. Hay días que son espiral en sí mismos.

Las manos, los círculos, la espiral

Martes, diciembre 4, 2007 20:00
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El círculo estaba cerrado. Por lo menos crepes ya no daban. Les suele pasar a los círculos, que lo son porque se cierran. Ese, que no pasa de ser un restaurante francés estaba cerrado. Y con él, la metáfora. Está Heráclito , filósofo griego, que expuso una teoría habitualmente mal citada. “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]“. Osea, la espiral. O más o menos. Es por eso que prefiero las espirales a los círculos. Todo cambia. Nosotros evolucionamos. Volvemos a los mismos puntos, pero no estamos en los mismos puntos. Nunca son los mismos ojos los que nos miran. Ni las mismas manos las que nos tocan. Porque los ojos evolucionan y las manos evolucionan. Han visto más cosas. Han tocado más cosas. Hemos visto más cosas. Hemos tocado más cosas.

Es por eso que la espiral representa la máxima de Heráclito. Es la misma espiral. Es la misma línea de vida. Pero es diferente punto cada vez. Sin dejar de ser lo que somos, cada vez que avanzamos nos modificamos. Por eso encontrarnos de nuevo nunca es lo mismo. Por eso volver, nunca, en el fondo es volver. Volví a Zaragoza y no volví, sino que vine. Vuelves a estar y no vuelves, sino que estás de nuevo. Heráclito tenía razón. Tiene razón 2500 años después. No es bueno ni es malo. Es diferente. Tiene momentos maravillosos de espiral que parece círculo. Y momentos maravillosos de espiral que nunca llegará a ser círculo. Hasta los ríos, cuando cambian, a veces lo hacen a mejor. También hay cosas que no cambian.

Como que me gusten las cosas pequeñas. O que me gusten las manos. Me encantan las manos. Hay veces que son las manos de una persona las que me hacen odiarla. Amarla. Respetarla o aborrecerla. También los olores. Pero sobre todo las manos. Me gustan las manos pequeñas, pero fuertes. Me gustan las manos decididas. Con vida. Tanta vida que a veces tienen heridas. A veces están retorcidas. También me gustan las manos frías. Me encantan las manos frías. Me gustan las manos que sujetan otras manos. Me gustan las manos que acarician. Frías. Con heridas. O sin heridas. Eso no cambia, ni cambiará.

Me dijeron el otro día que era vanidoso hablar de mí en el blog. Y es cierto. Es la vanidad la que me hace escribir. Es la que me crea el nombre. Yo soy lo que escribo. Y muchas más otras cosas. Miles de otras muchas cosas. Pero compartir lo que soy es igual que compartir lo que pienso es igual que compartir lo que siento es igual que compartir lo que digo es igual que compartir lo que padezco. Mi vanidad es debilidad también. Lo que digo aquí es lo que soy lo que pienso lo que siento lo que quiero. Me hace débil porque me abro. Porque me muestro. Me hace fuerte porque me muestro a quien quiero. A quien me quiere. Es la propia espiral de lo que supone purnas . Sigue siendo el mismo río que nació un 31 de diciembre de 2003 . Y no lo es en absoluto. Porque sigo siendo yo pero ya no soy yo. Decidí no moverme en círculos, porque los cierran, y sí en espirales. Y me encanta sumergirme en mis propias contradicciones, en el mismo río de mi vida con miles de sensaciones nuevas. He dicho.

Mi vanidad.

Resultado de una semana de reflexión y sensación

Sábado, octubre 20, 2007 13:03
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En la espiral que soy , y que nunca dejaré de ser los puntos convergen y divergen a la vez. Desde hace cosa de un mes mi cabeza va y viene sobre el mapa. Va y viene sobre las sensaciones. Mi piel busca otras pieles, tres o cuatro, exactamente. Mis ojos buscan otras miradas, dos o tres, en concreto. Mis oídos quieren oír otras voces, una o dos, en especial. En la espiral que soy, y que nunca dejaré de ser, hoy mi cuerpo está en el centro de los círculos que no son concéntricos, mis manos están en los extremos, mis ojos sobrevuelan una y otra vez las líneas. En la espiral que soy, y que nunca dejaré de ser, mis oídos oyen cantos de sirena, oyen palabras que nadie pronuncia, oyen rumores que nunca serán verdad.

 

En la soledad amplia de mi cama giro la cabeza a derecha e izquierda. Busco el rumor. Busco el olor. Busco el ruido. Busco la sirena. Busco el ordenador encendido. Busco el reloj. Cuento los minutos. La espiral sigue en perpetuo movimiento y me empujo, no me empuja, me empujo, quiera o no quiera, hacia fuera. Las visiones de otro tiempo me acechan. Las olas de gente me apasionan. No por masivas. Sino por reincidentes. Porque se van y vienen. Porque se acercan y se alejan. Y a veces lo hacen a la vez. Porque cuando la espiral que soy, y que nunca dejaré de ser, estira su último punto hacia fuera…a la vez está volviendo hacia dentro. Porque mi piel, mis ojos, mi cuerpo, mis oídos y mis manos, en realidad nunca han dejado de tener lo que nunca han querido. Porque mi piel, mis ojos, mi cuerpo, mis oídos y mis manos, en realidad nunca han dejado de querer lo que nunca han tenido. Porque además de espiral soy ola. Porque además de ola, soy viento. Pero el viento no tiene manos. Las olas no tienen manos. Y la espiral sólo tiene una única mano, en forma de punto, que trata de aprisionar lo que quiere y lo que no. Yo, que soy todo eso, sin ser nada de eso, tengo manos, ojos, pies, piel, oídos, boca, lengua, cabeza y sexo. Y la espiral que soy, y que nunca dejaré de ser, a veces se sorprende a sí misma notando que todas esas cosas, no son más que espirales que quieren y desean cada una una cosa distinta. Pero la espiral que soy, y que nunca dejaré de ser, sabe, aún sorprendida, que lo más peligroso es cuando todas esas cosas que soy quieren y desean, cada una por separado, lo mismo.

 

Antes hubo negrita.

 

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Soy espiral, y mis raíces crecen, y el desierto vive a mi alrededor

Viernes, septiembre 28, 2007 20:29
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Somos espiral. Somos planta. Somos red. Somos raíz aquí y allá. Somos lo que somos. Caminamos en círculos porque es el camino natural. Porque si la historia es pendular, el ser humano es circular. Y en los círculos nada tiene principio ni fin, hasta que se desvanecen. Y en los círculos, las tangentes de los otros círculos son puntos sin dimensión, y por tanto, puntos infinitos a la vez. Somos tangenciales con los otros círculos. Para siempre.

Por eso los desiertos, infinitos puntos sin dimensión que se juntan y arremolinan con el viento, nos atraen tanto. La magia de lo desconocido que es lo más conocido. Por eso cruzar desiertos a mí, a este círculo, a esta espiral que soy yo, me parece uno de los ejercicios más arriesgados del mundo. Porque me atrae, porque me desconcierta, porque me descoloca. Pasarán los años y seguirá pasándome. Antes lo hacía de allá aquí. Ahora lo hago de aquí a allá. Sigo queriendo tener las raíces en los dos sitios. Mis raíces se buscan, en círculos, hacia el mar y la montaña. Entre el Mediterráneo y el Ebro. Por debajo del desierto, infinita espiral de arena y soledad. Por encima la mente, que encuentra otras mentes. Que encuentra otros cuerpos, otras caricias, otras manos. Que encuentra otras lenguas que, será por resonancias pasadas, también son la mía. Ojos, sonrisas, cachirulos en castell y bombos en cabalgatas.

Y como soy espiral no podía dejar de pasar por los mismos sitios por los que ya he pasado. En un nuevo punto. Una nueva tangente, pero en el mismo sitio. Mismas sensaciones. Mismo infinito espíritu de aprender. Misma curiosidad. Mismo temblor. Misma mirada. En diferente punto. Tan diferente que no es ni parecido. Aún siendo lo mismo. Y en estas llegó el comandante y mandó parar. Mi comandante. La espiral gris que tengo entre los ojos y la nuca y que mandó parar. De una forma tan expeditiva que esta vez dije que no. Así que aquí sigo. Volviendo a volver. Vuelvo a volver. Volvería a volver. Ahora aquí sigue habiendo desierto en los ojos. Ahora aquí sigue habiendo mar y montaña. Ahora sigo durmiendo la siesta girando sin parar. Mientras mi cabeza vuela mi cuerpo aterriza. Cuando mi cabeza aterriza es mi cuerpo el que vuela. Y todo tiene sentido sin tenerlo. Porque soy espiral. Porque soy círculo. Porque quiero otros círculos. Porque en el fondo, lo que quiero, es lo que siempre quise. Desde pequeño. Y que tuve durante un tiempo, cuatro años, concretamente. Las raíces todavía me lo impiden.  Pero mis raíces están creciendo con fuerza. Se van sin querer hacia el este. O no. Quiero ser tan espiral que pueda tener raíces en todos los sitios en los que, alguna vez, fui feliz.

…..

Y aunque no tiene nada que ver, pero me apetece contarlo, explicarlo, decirlo, gritarlo y alucinarlo…La estación de Miraflores no estará para 2008 . Nada cambia en esta jodida ciudad. En junio dijeron que ya habían empezado las obras, y todavía ni están expropiados los terrenos. Ya me parecía a mí que no había máquinas trabajando. Pensé que quizás en el subsuelo. Otra promesa que se lleva el cierzo, ante los aplausos embobados de los amigos del desarrollismo. También lo prometieron, también. Pero una vez más, mentían.

¿Espiral o laberinto? Luceritos

Viernes, marzo 30, 2007 22:17
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Esta es la espiral. Comienza aquí, como podía haber empezado en otro sitio. Una vez que empieza gira sobre sí misma. Una, dos, tres, diez veces. No acaba de saberse nunca. Además avanzas pero siempre ves el mismo punto. O una sucesión de ellos. Está la primavera llena de espirales. Gira la espiral sobre Batasuna. Sobre Abertzale Sozialisten Batasuna. Gira sobre Navarra, nunca vendida pero siempre comprada. Gira sobre BIel, sobre Aragón, sobre el estatuto. Sobre la falta de financiación. Gira sobre las relaciones.

Las espirales son así. Son capaces de engullir todo como una boa a un elefante, pero no dejar digerir nada. Ese es el punto máximo de crecimiento de una espiral. Cuando a pesar de su tamaño sólo puedes ver un punto. O dos, si se trata de unos ojos. O unas manos. Así que pase lo que pase, el mundo se centra en dos puntos brillantes en el fondo de unos ojos negros. Y a partir de ahí todo vuelve a empezar. Laberintos, espirales, y bits. Todo crece. Pero alrededor del punto central.

Y esa es la vida hoy. Mi vida. Viendo, creciendo y creyendo alrededor no de uno, sino de muchos puntos. Y así desconcentra el mundo. Su mundo. Nuestro mundo. Una infinita espiral de violencias, verdades, bellezas y emociones que tienen su origen en un punto brillante. O en dos.

….

Hace un año: El virus que recorre Europa

Hace dos años: Están por todos los lados . El revisionismo fascista

Hace tres años: Fotut 2004 (II)

 

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