De la coincidencia y yo (capítulo 3): El ángel sexuado
Martes, junio 16, 2009 21:54Me miraste desde detrás de un escaparate. En Zaragoza, paseando por la calle Santiago. Me miraste con esos ojos almendrados, con tus alas, semidesnuda. Me encantó tu nariz, enrojecida, tus orejas saliendo entre tu pelo. Te vi las alas, aunque me dijiste con tu mirada que no era lo habitual. Tu mirada. Tu media sonrisa. ¿O no era una sonrisa? Me perseguiste desde detrás del cristal. Durante mucho tiempo. Me dolía no poder ver tus manos, oír tu voz. Soñé con ellas muchas noches. Soñe con tus ojos almendrados otras tantas. Soñé que me tocabas y te tocaba. Pero desapareciste. Del cristal, de mi vida. Del mundo.
A fin de cuentas eres un ángel, que apenas pisa la tierra, que no deja huellas en el suelo pero sí en las almas. Poco imaginaba que semanas después cruzando todo un océano te volvería a encontrar y no en mis sueños como era habitual
Te habías transformado, claro, eres un ángel. Entornabas los ojos, pero tus orejas seguían saliendo entre tu pelo suave, tu nariz inconfundible, la boca que me moría por besar. Eras tú, de nuevo, en Washington. Me dio un vuelco el corazón, porque soy impresionable, mucho, sentimental, bastante, pasional, en ocasiones y un poco imbécil, la mayoría de las veces. Me sonreíste, o creí que me sonreías. Volvías a estar, y, sobre todo, me dejaste mirarte de nuevo, entera, tus manos, tu cuerpo, tus hombros, tu espalda.
Mi ángel sexuado había vuelto convertido en piedra, inmutable en el recuerdo, quizás, sonriendo sin sonreír, estando sin estar, siendo sin ser. En mi mundo es la casualidad la que me llevó en mi propia espiral hasta encontrarte de nuevo. En el tuyo, sin tiempo, sin espacio, sabes que siempre estás cuando quieres estar. Y agradezco que quisieras estar.
Al volver a Zaragoza tú volvías a no estar, pero Joan Manuel Serrat llegó a un concierto y dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río “pero a pesar de eso, con qué ilusiones regresamos una y otra vez al río donde fuimos felices, con qué ansia regresamos a aquella felicidad y a lo que la vida tenga a bien servirnos” ¿Tú crees? Serrat es un espiralista, quien nos lo iba a decir.
El cuadro es de Antonio Cásedas, y lo vi en la galería de Pilar Ginés en la calle Santiago de Zaragoza. La escultura es de Giovanni Antonio Amadeo, escultor italiano del siglo XV, y vi esa obra en el Museo Smithsonian de Washington.








