El mundo es espiral. La vida es espiral. Mi vida es espiral. Que sí, que lo digo a veces, que sí, que lo interpreto a veces, que sí que todo va y viene y retrocede. Es cierto. Decía Heráclito eso del río y mojarse en el mismo río con diferente agua y todas esas cosas. Y yo lo creo. Pero además de espiral la vida es coincidencia. La vida es casualidad. Es más, nuestros ojos hacen que sea casualidad. Por ejemplo, ¿ha habido esta semana más incidentes de Airbus que hace un mes? Probablemente no. Son nuestros ojos que tras la tragedia del Airbus de Air France han decidido estar más pendientes de lo que pasa con los airbus. Y como los periodistas somos ojos y nuestros jefes son ojos con ganas de marcheta, pues cada día otro Airbus nos sufre un susto en cualquier lugar del mundo, y lo contamos.
Por eso las coincidencias a veces no son tanta coincidencia como que nuestros ojos, nuestra cabeza, quieren ver la coincidencia o están más abiertos a percibirla. Este es el primero de una serie de posts sobre últimas coincidencias que mis ojos han visto, y mi piel ha sentido. Tienen que ver con cruzar un océano. Tienen que ver con vivir al lado de un río. Tienen que ver con mi gusto. Tienen que ver con mis sensaciones.
Hace poco más de una semana visité en Washington el Museo del Holocausto. Conté aquí mis sensaciones, entre otras muchas. El Museo, ese museo, es algo más que un recorrido por el horror. Es una enorme institución didáctica que reparte culpas y agradecimientos entre mucha gente, incluidos judíos, gentiles, estadounidenses y europeos. Organiza charlas con supervivimientes del Holocausto nazi, difunde vídeos, libros, campañas y sentido para que algo así no vuelva a repetirse. Está, además, pendiente, de otros holocaustos, de Darfour o de Ruanda. Me gustó la forma en que combina horror, historia, información y esperanza, y por eso no es de extrañar que haya a quien no le guste, o que lo odie.
Sorprendían las medidas de seguridad, pero ayer se demostraron necesarias. Ayer, un supremacista blanco, osea, un imbécil, de 88 años, entraba disparando indiscriminadamente en ese museo matando a un guardia de seguridad e hiriendo a otro. Quizás me registró el otro día, pudiera ser, o quizás, no. Así expresa la gente del museo su dolor:
There are no words to express our grief and shock over today’s events at the Museum, which took the life of Officer Stephen Tyrone Johns. Officer Johns, who died heroically in the line of duty, served on the Museum’s security staff for six years. Our thoughts and prayers go out to Officer Johns’s family. We have made the decision to close the Museum Thursday, June 11, in honor of Officer Johns and our flags will be flown at half mast in his memory.
El idiota asesino tenía 88 años, porque la idiocia y el odio no tienen edad. El idiota asesino ha demostrado que lo que enseñan en el Museo hay que seguir enseñándolo. El idiota asesino ha hecho del odio su vida, en una espiral que le llevó a combatir en la Segunda Guerra Mundial contra aquellos a los que admiraba, los nazis. La vida, a veces, da vueltas incomprensibles, que, en este caso han acabado con la muerte de una persona a la que puede ser que yo viera hace poco más de una semana.