La memoria histórica, el recuerdo y el auto de Garzón

domingo, octubre 19, 2008 19:33
Publicado en la categoría purnas

El auto del juez Garzón sobre los crímenes del franquismo ha hecho salir letras, palabras y frases de debajo de las tumbas. El auto del juez Garzón sobre los crímenes del franquismo ha hecho que se remuevan, en parte, los cimientos de la “democracia”. Fraga, prócer de la transición se revuelve incómodo. La ley de punto final llamada de amnistía general se queda en agua de borrajas. La misma agua de borrajas del Juez Garzón en forma de auto. De los 35 encausados o posibles encausados no hay ni uno vivo. Todos muertos (y bien muertos). Así que el caso, que sólo incluye la guerra y la primera postguerra, pero no las torturas posteriores, hasta el 75, ni las represalias en forma de palizas, paseos, humillaciones y agravios, se sobreseerá por falta de criminales.

En Público le dan pistas a Garzón. Las víctimas, se sienten en parte timadas, como con la Ley de Memoria Histórica, y en parte oídas. El auto, como la Ley, huelen a una capa más de cal sobre la memoria y la mierda. Sobre la muerte y la dictadura, que para algunos fue de paz y prosperidad. Sólo hay que ver como saltan la Aguirre, Fraga, Mayor Oreja, la Falange…

Para la gran mayoría de la sociedad de España, la guerra, la postguerra y el franquismo son memoria quebrada. Por un lado o por otro, y, en ocasiones, por los dos. El votante medio del PP no se corresponde con el franquista, ni con el nieto de asesinado por las milicias. El votante medio del PSOE no se corresponde con el antifranquista, ni con el nieto de asesinado por los falangistas. Así es España hoy. Y por eso, los gestos excesivos de la Aguirre, o de los medios de la derecha, no son más que publicidad. La misma con la que aireaban que se rompía España con el plan Ibarretxe, con el Estatut de Catalunya, con la Ley de Memoria Histórica o con la derogación del PHN. Es una vieja táctica, protesta de forma exagerada y matizarás los efectos de lo que no puedes evitar. No es exclusivo del facherío, desde luego.

Lo que sí ha conseguido el auto del juez Garzón es hacer de la Ley de Memoria Histórica un mal menor para parte de la derecha española. Carlos Herrera que demonizaba la ley hace un año decía el jueves por la mañana en la radio que el “loable empeño de las familias por encontrar a sus muertos” ya tenía una ley de memoria histórica para tal fin. Hasta “Libertad Digital” aseguraba que la ley de memoria histórica servía para eso (y no para romper España y volver a sacar los tanques a la calle). Algo es algo. Una ley que se quedaba corta para las asociaciones y que ahora, como la propia Constitución a la que se aferran, la ultramontana derecha española ve como un “mal menor”.

El viernes por la noche veía la versión teatral de la Lluvia Amarilla. En un momento dado, Andrés de Casa Sosas, el último habitante de Ainielle habla de su hijo Camilo, que partió al frente durante la Guerra y del que nunca han vuelto a saber. Andrés de Casa Sosas, en la pluma de Julio Llamazares, da, con su sabiduría montañesa en el clavo de toda esta historia de cunetas, fosas y zanjas.

Es muy difícil borrar de la memoria las huellas del pasado cuando la duda alimenta el deseo y acumula esperanzas sobre la negación. La muerte tiene, al menos, imágenes tangibles: la tumba, las palabras, las flores que renuevan el rostro del recuerdo y, sobre todo, esa conciencia clara de la irreversibilidad que se asienta en el tiempo y convierte la ausencia en una costumbre añadida. La desaparición, en cambio, no tiene límites ni aun para sí misma; no es un estado, sino su negación.

Andrés sabe, como las familias de los desaparecidos saben, y como los verdugos y sus instigadores saben y por eso se revuelven. Matar en una guerra es fácil, asesinar durante y después si eres el vencedor también, pero permitir el recuerdo alienta la esperanza. Encalar y enterrar en zanjas olvidadas humilla y derrota. Y así los querían.

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