Aragón, la propiocepción y el perro de San Roque

viernes, junio 6, 2008 18:46
Publicado en la categoría purnas

Oliver Sacks explica en “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” un caso de falta de propiocepción. La propiocepción permite a la mente tener conciencia de la existencia y posición del cuerpo físico. Permite saber qué somos y dónde somos, o mejor, dicho, donde son las diferentes partes de nuestro cuerpo. La propiocepción es uno de los mecanismos que nos permite controlar nuestro cuerpo y moverlo.

Sacks lo relaciona con WIttgenstein cuando afirma que “algunos de los aspectos de las cosas que son más importantes para nosotros permanecen ocultos debido a su simplicidad y familiaridad”. Asentar esas certezas hace que nos podamos permitir dudar de las demás, y, por tanto, en un sentido cartesiano, avanzar hacia la verdad. ¿Pero es verdad que hay cosas indudables? Sacks avanza por esa línea cuando habla de quien duda de su propio cuerpo. Habla de las personas que no saben que su brazo está pegado al hombro, aunque lo esté, o que son incapaces de percibir como propios sus ojos, sus manos, o sus pies.

Leyendo este libro de relatos médicos pensaba, que ya es mucho pensar, en Aragón y los aragoneses. Pensaba en cómo hemos perdido ese sexto sentido de la propiocepción. La conciencia de nosotros mismos. Hemos puesto en duda nuestra propia existencia y la hemos integrado en la existencia de otros. Ese es el sentido colonial que somete a Aragón a este estado de permanente queja metódica, que no duda. Es algo parecido al perro que persigue su rabo, sin saber que es su rabo. Persigue su rabo y suplica al dueño que le de de comer, se queja si no le dan, pero si le dan lame la mano que a la vez le castiga por tirar los muebles cuando se persigue el rabo.

Lo malo de Aragón, lo malo de nosotros, los aragoneses, es que nuestra propiocepción ha aceptado una exocepción tan alucinante que nos dejan uno de los fundamentos de lo que fuimos una vez y lo agradecemos meneando el rabo. Como si nos acercan nuestra propia mano cautiva y nos la ceden durante unos instantes. Y entonces pensamos “esta mano que nos ceden nos pone en relación con el mundo”. Y es cierto, porque nosotros mismos nos ponemos en relación con el mundo, pero no es todo lo cierto que sería pensar “esta es mi mano, está aquí, es mía, y con ella, y porque quiero, me pongo en relación con el mundo”.

Esa es la diferencia que nos hace a Aragón y a los aragoneses enfermos en un mundo enfermo. Enfermos por la falta de conciencia de nosotros mismos. Enfermos por dependientes. Enfermos porque no somos capaces de ver que el rabo que perseguimos es el nuestro propio, y que si lo perseguimos es porque aquellos a los que consideramos nuestros amos jamás tendrán la intención de enseñarnos quienes somos. Y nosotros tampoco.

Etiquetas: aragónneurologíaenfermedadnacionalismo

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