Llueve

viernes, mayo 16, 2008 21:10
Publicado en la categoría purnas

Llueve. Llueve. Llueve. Llueve. Truena. El cielo está gris estos días. Dos semanas de gris en el asfalto ahora polvoriento de tierra de obra. Dos semanas de gris en lo poco verde que esta ciudad ofrece. Dos semanas de marrón en un río que va por donde debe y que quieren alargar para arriba y para abajo. La lluvia tiene algo de mágico, y más en una tierra que no está acostumbrada a recibirla. Es tan así, la lluvia, tan poco de casa, que uno parece gilipollas con el paraguas bajo el brazo. O en la mano. O sobre la cabeza. O en la mochila.

Cuando llevo paraguas parece que me pierdo algo. Mi visión limitada al rectángulo de cristal se limita aún más. Me pierdo a los pájaros que huyen de la tormenta. Me pierdo las nubes que se cierran. Me pierdo el contrapicado de la lluvia sobre mi cara. Me debato entonces entre ver, mirar o estar seco. Me debato entre sacar la mano, tímidamente, como siempre, por debajo de la tela negra para ver si la lluvia permite cerrar la capota.

Tiene algo de mágico, la lluvia. Uno se vuelve un poco niño. Dan ganas de pisar los charcos. Dan ganas de rebozarse de barro. Las mismas ganas que te asaltan de tocar lo que no te dejan. Las mismas ganas de acariciar una piel desnuda que no se desnuda. Es genial mojarse bajo la lluvia, y no hace falta cantar. Sólo estar. De pie. Andando despacito. Paraguas cerrado. Llueve. Llueve. Llueve. Llegan momentos en los que te sientes como en los videoclips. Tú andas a cámara lenta, gozando del momento, recordando otros gozos, mojándote la cara, y a tu alrededor la gente grita. Truena. Llueve. Corren. Tú andas. Despacio. Quieres seguir el río bajo la lluvia. Cruzar los puentes. Tender los brazos. El olor de tierra mojada se mezcla con el recuerdo de otros olores de otras pieles mojadas.

Llueve. Y sorprende que llueva. Llueve cuando sorprende. Llueve dentro y fuera. Llueve para mojar. Tierra. Piel. Manos. Brazos. Ropa. Llueven sorpresas. Llueven recuerdos. Llueven trasvases. Llueven tractores. Todo llueve cuando llueve. Llueve  fin de semana después de días de trabajo. Llueven libros que retumban. Llueven voces que no oyes. Llueven pasados. Llueven presentes. Llueven deseos y futuros. Las gotas marcan el ritmo. Ahora más lento. Ahora más rápido. Yo, con mi infinita libertad limitada por lo finito, no sigo ese ritmo. Lo oigo. Lo siento. Lo lato. Y vivo. Mojándome. He cerrado el paraguas. No cierro las puertas. Piso los charcos. Soy otra vez un niño. Y cuando llego a casa, mojado, feliz, pensativo, risueño, triste, enojado, amable, satisfecho, sigo siendo un niño. Espero la reprimenda, pero pienso que lo que de verdad me gustaría es secarte.

Etiquetas: lluvia

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