Me hablaba suavecito, como sensual

viernes, abril 11, 2008 10:11
Publicado en la categoría purnas

La Expo no llega a tiempo si no hay inmigrantes trabajando. En el campo hay que recoger las cosechas, y también son los inmigrantes los que hacen la mayor parte del trabajo. Cuando entraron el año pasado Rumanía y Bulgaría en la Unión Europea España fue uno de los estados que recomendó  una moratoria laboral para los rumanos y búlgaros. Y ahí están. En el limbo. Son ciudadanos europeos para todo, menos para trabajar. Tienen que obtener permisos igual. Pero llega la temporada de cosecha y apelando a la doble moral al respecto, en Aragón se decide no aplicar la moratoria en algunos casos. Me alegro por los que se beneficien, empresarios y trabajadores, pero me aturde un poco las decisiones de los gobiernos que en vez de solucionar problemas los crean, para luego resolverlos saltándose sus propias normas.

Tendemos a ver a los inmigrantes como inmigrantes, y no como personas. Es un acto reflejo. Vivimos en sus barrios, compramos en sus tiendas, consumimos en sus bares…Pero pocas veces nos implicamos en sus conversaciones, en sus vidas. El otro día volviendo de Barcelona, tras un viaje relámpago, íbamos sentados detrás de tres latinoamericanos. No había luz para leer y el conductor nos machacaba con música comercial, así que me puse a escucharles. Sus problemas y sueños no son diferentes de los míos, de los nuestros, pero, muchas veces, los camuflamos detrás de la máscara que queremos ver.

Hablaron de los hijos. Uno de ellos, perteneciente a una iglesia evangélica decía que “los hijos son una bendición”. “Sí”, contestaba el más pragmático, “pero también hay que trabajar mucho más duro”. El tercero en discordia que mediaba entre los dos explicó que los hijos “te hacen más maduro, más responsable”.

Trabajan para nosotros, para que la Expo llegue a tiempo, para que los chalets lleguen a tiempo, para que las VPO lleguen a tiempo, por eso al pragmático le preguntaban si no tenía metas en la vida, como casarse o tener hijos. Torcía el gesto y contestaba: “Mi meta ahora mismo es acabar la obra de Zaragoza”. No es poco, sobre todo si trabaja en Ranillas, aunque no lo pude averiguar.

El evangélico, con un admirable espíritu misionero, le hablaba de la “gente que se siente frustrada, sin esperanza, sin metas” y le ofrecía la solución “del mensaje”. El pragmático, sonríendo contestó, que sí, que vale, pero que lo que quería era que le subieran el sueldo, para tener tiempo de oir mensajes, y, sobre todo, ir de discotecas.

Al parecer, la prima de uno de ellos tiene unas amigas bolivianas. Una, de pechos generosos, le hablaba la otra noche “así, suavecito, como sensual”. No debió llegar a nada, su mente estaba en tarimas, baldosas y ladrillos caravista. Vamos, como yo.

Etiquetas: expo2008zaragozainmigraciónmoratoriaaragón

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