Historia de un trayecto en tres tropezones

sábado, marzo 1, 2008 19:07
Publicado en la categoría purnas

Trayecto Aljafería San José. Tres encuentros. Una metida de pata en un estanco. Un tropezón en una piedra. Viento en la cara. Una niña me echa la bronca. Una buena comida. Una buena siesta. Escribo. La vida está llena de momentos en los caminos. Desde la salida hasta la llegada. Entre punto y punto, si tienes los ojos suficientemente abiertos, puedes ver miles de historias. Como la historia del que va hablando por teléfono en catalán y entra a un estanco en Zaragoza saludando y pidiendo el tabaco en catalán.

Otra historia. La del que esquiva un banco por el lado del árbol y se tropieza en la piedra y casi se va al suelo. Mantiene el tipo. Sonríe. No es nada, no es nada. Y sigue andando con la risa del ridículo pintada en los ojillos.

Otra, otra. La del que ve a una niña china bailando en un semáforo esperando que se ponga verde y no puede esperar él mismo a que se ponga. Cruza en rojo, y la niña con cara enfadada (ni seis años), dice “el semáforo está rojo, señor!”. El que cruza en rojo pide disculpas, claro, a la dama china del semáforo rojo.

En la ciudad del viento, cuando sopla el viento, cualquier cosa es posible. Solamente hay que estar allí y vivir para contarlo, que dicen los Violadores. Y esta es la crónica de un sabado de mañana que empezó muy tarde, acabó muy pronto y que entre sonrisa y sonrisa, significa un cambio de un cambio. Dicen que quizás la luna tiene que ver. Media verdad, como de mitin. La luna tiene que ver. El no saber depender de otros, más. Un mail a las 5 de la mañana también. El viento, incluso más.

Y añadan ustedes todas las espirales, cosas pequeñas, trayectos, desiertos, casinos, pantanos, fuegos, hogueras, chispas, vanidades, regalos, voces, manos, ojos, labios, cuerpos, pieles y sensibilidades que quieran. Y si no las añaden, es igual. Las llevo de serie, de fábrica. Del ensamblaje en que me han convertido todos los operarios que alguna vez han metido mano a mi cartera, cabeza, cuerpo y corazón. Y mis ojos, sí. Los de detrás de las gafas. Los que ven el mundo como les da la gana para que el cerebro lo interprete de cualquier otra forma. Ayer me dijeron que son bonitos. Mis ojos, sí. Los de detrás de las gafas. No pude decir lo mismo.

Etiquetas: zaragoza:purnasvientocierzo

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