Nuestras raíces son río y viento

sábado, enero 26, 2008 0:49
Publicado en la categoría purnas

Hace muchos años a mi padre le robaron en el Camino de Las Torres de Zaragoza un bolso de mano, de esos que llamaban “mariconeras”. Yo era pequeño. Tan pequeño como he podido llegar a ser en mis recuerdos. No sé si tenía 20, 25 o 28 años menos que ahora. Desde aquel día, con mechero Dupont de oro incluido en el robo, recuerdo haber mirado la ribera de La Huerba en Zaragoza. Decían que allí tiraban las cosas que robaban y no servían. Cuando cruza Goya, a la altura de Alférez Provisional (¿cuando le cambian el nombre fascista?). Hoy volvía de ser semitestigo de otro robo. Cerca del Camino de Las Torres.

Fumaba lentamente (como se fuma en las novelas) y andaba un poco más rápido camino de casa. Al pasar por La Huerba me he vuelto institivamente a mirar entre las costeras que bajan al río. Ni la mariconera de mi padre ni el dinero que le han robado a Luc estaban. Ha sido un acto reflejo, no lo he pensado. Simplemente me he vuelto a mirar el río. Un río que a veces parece el único espacio semisalvaje de esta ciudad. Sobre todo si miras sólo el agua. Hoy hasta estaba cristalina.

En las aguas de ese río, hoy, y en las aguas de otros ríos, otros días, se hunden nuestras raíces. La conexión profunda de nuestro subconsciente con nuestra infancia. En parte soy lo que soy por ese robo en el Camino Las Torres. En parte, soy lo que soy, por otras partes, Pero la raíz profunda que me une a mi propia vida, que nos une a nuestra propia existencia está en ese acto reflejo. Miro y recuerdo. Miro y veo aquel mechero que no podía tocar porque no querían que me quemara. Miro y veo la mano de mi abuelo mientras paseábamos por las orillas de la Huerba y me explicaba sus historias. Historias que yo hoy explico. Historias que son sangre de mi sangre. Historias que me hacían mirar hacía la ribera del río.

Hoy, tantos años después, tantos quiebros de la vida después, tantas muertes después, tantas espirales después, he vuelto a mirar al río después de un robo. El espinais brutal de más de 30 años de vida ha subido desde las raíces de mi existencia hasta las terminales de mi futuro. Mi alma, o lo que quiera que sea, estará pegada siempre a ese río. Como estará pegada a las pedradas al lado de una vía de tren, a una cuesta, a un bolsillo donde encontraba caramelos, a un acento, a un viento, al olor de la cebada fermentando. Hoy, un día más, he sido yo. Los miles de yoes que se esconden tras esta barba, estas gafas, y el último chaquetón de piel con borreguillo que llevó mi padre antes de morir.

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