Juanita y la bufanda

martes, noviembre 20, 2007 15:06
Publicado en la categoría purnas

Ya llegó el frío. A las 4 y 20 hace más, seguro. Pero ayer la mañana se nos heló de escarcha, viento y agua. Poca. Retomé del armario una bufanda. Es oscura, con rayas grises y rojas. Es sintética. Por eso luego voy dando garrampas por las puertas de los coches. Por las puertas en general. Toco la electricidad en el ambiente y me la paso a mi mismo para seguir tocando y pasando. Soy eléctrico gracias a la bufanda sintética. Pero protege del frío. Pero recuerda a otra época. Pero recuerda a otras inquietudes. Pero recuerda a otras personas.

La bufanda me la regaló Juanita. Hará dos años en enero, creo. Me la trajo sin avisar un cuatro de enero. El día de mi cumpleaños. Poco después dejaba Barcelona, no para siempre. Juanita limpiaba la Casa del Libro. Juanita cantaba. Juanita nos traía chucherías a todos. A mi me gustaban las coca-colas. Las de sidral. Me las dejaba en el punto de información, y cuando se enfadaba conmigo no me las daba. Aunque se enfadó pocas veces. Juanita trabajaba por la mañana en una oficina. La limpiaba. Se quejaba de sus compañeras, que eran unas guarras. Después venía por la tarde a la librería. A seguir limpiendo. A recoger papeles. Casi siempre con una sonrisa.

Juanita no sabe catalán. Llegó de Jaén, o de Córdoba, o de Granada hace veintitantos años a Barcelona. Pep siempre le hablaba en catalán para que se acostumbrase, y ella se reía. Se reía de casi todo. Bastante tenía. Trabajar más de 12 horas al día, cada día, durante más de 20 años no dejaba tiempo para mucho más. Un día me la encontré en el almacén llorando. Fue poco antes de que a su marido le diera un achuchón. No trabajaba. Y no podía volver a trabajar. Se le juntó con la mudanza a otro piso. Nos presentaba cada día a su hija, aunque le gustaba el novio que se había echado. Uno de las afueras de Barcelona. Como ellos. Después Juanita recuperó la sonrisa. Y siguió trayendo gominolas. Hace poco fue abuela. Sigue trabajando. Como siempre. Supongo que seguirá llevando gominolas en el bolsillo de la bata. Una bata que les cambiaron y que tampoco le gustaba, pero hasta se reía de como le quedaba.

Ayer, retomé la bufanda y me la puse. Entre las chispas del tejido sintético, el cierzo helador y el calor de la bufanda vi la sonrisa de Juanita. Me perseguía los pies con la mopa. Yo la saltaba. Como tantas veces. Hoy no hacía tanto frío, pero me he vuelto a poner la bufanda de Juanita.

 

Etiquetas: barcelonarecuerdosjuanitabufandafríoZaragoza

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