De las tardes inconsecuentes y yo

martes, mayo 15, 2007 20:33
Publicado en la categoría purnas

Esperas. Desesperas. Esperas. Desesperas. Parece que estás en una parada del 40, o del 22, eternamente. Los semáforos se vuelven amarillos y rojos, siempre, pero nunca verdes. Nunca ves un muñeco que corre. El paso del tiempo parece detenerse y ya son las 2, las 3, las 5, las 9. La fábrica sigue produciendo. El mundo sigue girando. Los muertos siguen haciendo eso, morirse. Para eso están. Los ojos vidriosos de tiempo continúan escudriñando las aceras vacías. Y con esta frase podría haber acabado o empezado o mediado un mal libro. Un pésimo libro. Para eso están. Las letras para juntarse. Quítate un Gómez para poner un Conde mientras los fantasmas del pasado inician sesión y los ves desconectarse en un abrir y cerrar de esos ojos. Ya no vidriosos, porque no me da la gana.

 

Esperas. Desesperas. Esperas. Desesperas. La parada del 40 se vuelve una del 23, o del 38. Tuzsa ansía acabar con tu paciencia con o sin carrito. Pero tú no quieres esperar. Aunque esperas. Existe un algo inanimoso en nuestro orgánico cuerpo. Un algo que siempre confía. Quizás no en el nuestro, que no existe, pero sí en el mio. Confío. Y descubro una vez más que no vale confiar. Pero confío. Los mentirosos te llaman mentiroso. Las fechas, el 6, el 6, se vuelven en tu contra. O a tu favor. Un día arriba y mil abajo. Detrás de una barba una boca. Detrás de esa boca, una lengua, unos dientes. Quieren morder, arrancar trozos de carne. Quieren vibrar los labios con el contacto o bien de otros labios o bien de la carne todavía con la pulsión de la muerte. O no. Porque…

 

Esperas. Desesperas. Esperas. Desesperas. Te descubres en un sueño de semáforos, de fantasmas, de presentes, de pasados, de futuros, de bebidas isotónicas. Te descubres creyendo que un día conseguirás decir eso que quieres decir hace tiempo. O no. Ya te has montado en el 25. Del Carrefour a la Cartuja, como quien dice. Cruzas la ciudad soñando dormido, viviendo despierto. Creyendo dormido, odiando despierto. Sintiendo. Es lo que nos hace humanos decían los filósofos que lo decían. Si es que alguno lo decía. Y mientras la B, la otra B, la J, la C, la otra C, la otra B, una C más, incluso en noches más despejadas una L o una A, golpean de arriba a abajo. Desde la coronilla, casi desierta a los talones resecos del sol. Y entonces, y sólo entonces, decides que para esperar ya están las monjas. Y tú te pones a buscar más letras. No, no. Tú no. Yo.

 

Etiquetas: tardereflexiónletrasprimaveratrabajomundoyoquesé

Puedes dejar una respuesta, o un trackback desde tu sitio.

Dixa un comentario