La magia de San Jorge. Abiego

Lunes, abril 24, 2006 10:32
Publicado en la categoría purnas

Sant Jordi/Jorge/Chorche. Paseo por las Ramblas con un trozo de mí. Otro se desgarró horas antes. Todavía hay paradas puestas en las Ramblas, aunque la mayoría van recogiendo. No hay tanta gente como antes. Hay que comprar un libro y paramos. He dejado de saberme las novedades literarias, así que redescubro el placer de ver libros nuevos que no conozco. Aunque la verdad, poca cosa llama la atención. En las ferias así es cuando sale lo peor del espíritu mercantil de las editoriales. “A peu per Aragó. Somontano”, se llama. Es blanco. De Josep M. Espinàs, que se dedica a escribir libros después de recorrer a pie zonas conversando, apuntando, viajando, descubriendo. Busco Abiego. Ha tenido que pasar por allí.

“A l’altra banda de la carretera hi ha un banc, on seu un home gran i una nena (…)”
“Primer em diu, “yo ya soy viejo”, com si el fet de ser vell permetés saber d’on ve i on va tothom. “Además, tengo mucha imaginación” (…).
Al cap d’una estona l’home s’aixeca del banc, veig que travessa la carretera i entra en una mena de tancat, al costat de CAsa Jesús”.

Claro que ha pasado. Y ha dormido en el Jesús. Y ese hombre viejo es Jesús, el de Abiego. Con esos ojos pícaros de ver pasar mucho forastero. Esos ojos que todavía regiran por la casa buscando a Guadalupe. Esos ojos que se iluminan con una buena conversación o con sus nietos (ya tres, aunque sólo conozco a 2). Me viene un escalofrío de recordar, precisamente hoy, todos aquellos días pasados en el Jesús. Mientras compro el libro Victor Amela, de la Vanguardia y por lo que se ve de BTV se me acerca y me pregunta si me puede hacer unas preguntas. Me sorprendo entrevistado, al otro lado, hablando del Jesús y de Abiego en catalán, para la televisión de Barcelona. La magia de San JOrge. Después, recupero de la memoria el teléfono de Jesús y le llamo. “¿Como no me voy a acordar?” me dice…Nos emocionamos un poco los dos. El allí, en el bar, y yo a la salida de La Central. Olor a vino casero y recuerdos de noches a la fresca del banco del bar. QUedo con él que la semana que viene subiré a comer a casa suya. Hace tres años que no subo. Pero se repetirá el ritual, aquella piedra al barranco, aquel horizonte confuso, aquellas costillas de cordero recién muerto, aquel vino casero, y aquel conversar como si no hubiera pasado el tiempo.

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