De la dignidad

jueves, octubre 27, 2005 12:49
Publicado en la categoría purnas

Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), antes de cumplir los 30 años que yo ya ostento en mi DNI, explicaba en su “Discurso sobre la Dignidad Humana” que “el ser humano, no sujeto a una forma previa surgió como un nuevo Proteo que había de inventar los modelos sobre los cuales llevaría a cabo su construcción, como artesano o demiurgo de sí mismo.” Esta repentina deconstrucción del hombre teocéntrico, entre otras cosas, soliviantó, y de qué manera, a la Iglesia, rectora de almas y cuerpos en su momento. Condenado como hereje, la actuación de Lorenzo de Médicis, entre otros, impidió que muriera quemado en la hoguera como tantos , aunque falleció después un 17 de noviembre de 1494 en condiciones nunca aclaradas. Retomo hoy a Pico. Retomo su idea de que el hombre es demiurgo de sí mismo. Retomo la idea de la dignidad propia. Retomo el pensamiento que lleva a la acción. Y retomo la vida en mis propias manos para construir mi existencia. Todos somos demiurgos de nosotros mismos. Todos tenemos la extrema potencia de crear nuestra vida cada día. Cada vida. Pero hemos perdido en el camino la posibilidad de ser demiurgos sociales. Constructores de sociedad. El modelo vital que impera en nuestro mundo occidental se ha quedado anclado en el posibilismo, y por tanto, ha perdido la dimensión social de los tiempos pasados. Nuestra potencia de demiurgos sólo se convierte en acto individual, y, en muchas ocasiones, lejos de la idea demiúrgica de Pico, se quedan fuera de la dimensión de la dignidad. Porque si Pico reivindicaba el derecho del hombre a construirse a sí mismo, no lo hacía para que renunciara a su dignidad en virtud de esa posibilidad, sino todo lo contrario. Para que, retomando su destino, enfrentándolo, se rehiciera un modelo humano digno e igualitario. Se me hace difícil entender qué hemos dejado atrás. Se me hace complicado entender a la renuncia a la propia dignidad en nuestro mundo occidental y desarrollado. Se me hace imposible entender, porqué no creemos en la fuerza del colectivo. Construyendo nuestra propia dignidad, ayudamos a construir la del de al lado, y con él, la del grupo, y con ellos, la fuerza. Y sin embargo, nuestros demiurgos internos sólo nos permiten decir “Sí, bwana”, y recoger las migajas.

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