As biellas parolas

viernes, septiembre 10, 2004 13:02
Publicado en la categoría purnas

Unas cuantas páginas han bastado para engancharme. “El hijo del acordeonista“. Soinojulearen Semea. Bernardo Atxaga y su mundo particular. Obaba. El pueblo vasco de la memoria. El pueblo donde las viejas palabras de los campesinos se mezclan con los nuevos batuas de la ciudad y con el castellano y con el inglés traído por los emigrantes. Una lástima no poder leerlo en su lengua original, a pesar de que el mismo Atxaga lo traduce. La memoria como salvaguarda. La memoria como recurso. La memoria como futuro. Los Segundos Ojos. Los ojos que ven lo que la vista no ve. LOs ojos que sienten lo que la piel no siente. En un pueblo de fantasía memorizada, o de memoria fantástica. Un pueblo en el que hablan euskera los franquistas y los antifranquistas. Donde hablan castellano los franquistas y los antifranquistas. Donde se reproducen los intensos diálogos entre la vida anterior y posterior a la guerra y la guerra misma. Donde se reproducen las envidias, los mundos paralelos, los odios atávicos. Donde los caballos (sí, caballos, ni vacas ni ovejas), pacen a sus anchas en un monte donde habitan como elfos, los leñadores, entre vahos de alcohol y bajadas a donde las putas. Atxaga cierra la trilogía de Obaba. O eso dice. Pero Obaba existe, como existe la Mequinenza medio soñada y recordada bajo las aguas por Jesús Moncada o el Macondo de García Marquez. Porque son ciudades y
pueblos que existen en miles de ciudades y pueblos. En miles de vidas que se entrecruzan, chocando a veces. Porque en el fondo todos somos habitantes de Obaba, de Macondo, de la vieja Mequinenza, de Vetusta, de Mediano, de Región, de la Tierra Media. Todos somos herederos de las viejas palabras. Y hemos perdido la costumbre de mirar las mariposas-birabolas-papallones-miresicoletea.

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