Albadas en el Poble Sec

miércoles, septiembre 8, 2004 11:38
Publicado en la categoría purnas

El otro dia me senti por primera vez en cuatro años, un emigrante. Es decir, hasta ahora, cuando he vivido en Cartagena, o el tiempo que llevo en Barcelona, no acababa de sentirme fuera de Zaragoza. El otro dia, charrando con un zagal de Ballobar de Zinca en un concierto de Chundarata (grupo de emigrantes aragoneses), entendi la diferencia. El me decia que era aragones, pero de Barcelona. Y lo comprendi. El ha hecho su vida aqui, entre Poble Sec y las Ramblas, y aunque se siente profundamente aragones, su ciudad es Barcelona. Yo no he llegado hasta ese extremo, porque en mi vida, el periodo de Barcelona no deja de ser todavia uno de los mas cortos, pero me identifique con el y con una cancion de Chundarata que se lamentaba por no estar en los sanlorenzos de huesca y que a cambio proponia “Ronda por las Ramblas, Albadas en Poble Sec, Toro embolau en plaza Catalunya, y una peña en el Corte Ingles”. Leí esto también en el Heraldo, Aragón visto desde Sevilla, y me ha gustado, sobre todo el parrafo final. Para mi Aragon tambien es montañas y desierto, trigo y cierzo, Ambar y Somontano, borraja y ternasco, mudejar y romanico, arabes, cristianos, montañeses y judíos, el pais donde he nacido y me he hecho como soy. Terco, firme, luchador de batallas perdidas, ya saben como decía Labordeta, suave como la arcilla, duro del roquedal, franco, amigable, acogedor, enemigo cruel de los enemigos, siempre dispuesto a arrostrar el viento de cara, que a fin de cuentas a mi me da la vida, invisible como nuestro pais en muchos momentos, con vida interior, sin salida al mar, pero con ganas de encontrarlo…

Desde un rincon de aragon en el Eixample barcelonés

La lluvia en Sevilla..

Mañana del 19 de noviembre en Sevilla. No somos músicos. Estamos aquí para hablar de Aragón, y en Sevilla cae agua a manta. Se puede hablar mientras llueve, de Aragón o de cualquier cosa, pero no conviene hacer fotografías cuando llueve. Ni ensuciar el telón gris que al taxista le pareció una guitarra, un “cello”, un saxofón o un oboe gigante. Y a mí, un afilado juego de arpones para cazar al tiburón blanco en Australia. Y desde luego, no se puede poner a tus invitados como una sopa.. Eso sería lo peor de todo.

Así que el agua -precisamente el agua, de la que también venimos a hablar- amenaza todo el montaje y principalmente la fotografía. Por eso Carlos Moncín, el fotógrafo, apenas ha dicho palabra en ocho horas de viaje. Afortunadamente su epifanía de artista llegaría de un bocado a otro, entre la segunda y la tercera albóndiga de nuestro almuerzo. De pronto levantó la cabeza con una bola de carne humeante pinchada en el tenedor, se quedó así un segundo y anunció: “¡Ya tengo la foto!”. Había entrevisto el fondo de tela protegido bajo la cubierta del Balcón del Príncipe, un graderío frente al otro, el voladizo sobre las ojivas de oro y las agujas recortadas de la catedral asomando a lo lejos. Pero ya en la plaza, no sería tan fácil. “Al balcón no puedo autorizarles”, dijo la chica del paraguas de cuadros.

Moncín no se desanimó. Como un prestidigitador, se sacó de una bolsa redonda lo que me pareció una fascinante circunferencia de oro. Tal vez fuera un sol transportable, deseé, pero se trataba sólo de un reflector de luz. La chica del paraguas vigilaba de reojo. Resuelto, Moncín desenfundó entonces el tapiz. Lo desplegamos penosamente, pero las trancas de hierro no se acomodaban a la estrechez de los asientos del tendido: unas veces se caía como un artefacto incompleto y luego lo hinchaba el viento igual que el velamen de una nave. La guía de La Maestranza miraba y nos dejaba hacer, pero después apareció la autoridad de la plaza y dijo: “Señores.. pueden ustedes hacer las fotos que quieran, pero La Maestranza no se toca. El fondo gris no puedo autorizarlo”. “¿Y el sol?”, me pregunté. El sol no saldría. Ni siquiera ese otro, portátil, que se había traído Moncín en la bolsa.

Regreso al territorio mágico

Ha dejado de llover y Espartaco -la amabilidad sublimada- detiene su automóvil frente a la estatua de Curro Romero. Llegan los demás: tres “emigrantes” aragoneses tan diversos como Víctor Fernández, entrenador de fútbol; y dos historiadoras, la propia Teresa Laguna y Magdalena Canellas. Un naturalista de conversación rebosante, Miguel Delibes, cuyo solo apellido me emociona; y Antonio Jiménez Pentinel, “Penti”, campeón de Europa de 3.000 obstáculos, ansioso y obsesivo como todos los atletas de larga distancia. Un alegre pedazo de pan. A cambio de no exhibir el telón gris, Espartaco logra que se autorice al grupo a pisar el albero de La Maestranza, prohibido a los visitantes. La arena transpira lluvia, es un sudario de emociones que se transmite de inmediato a esta gente de fina sensibilidad. Gente que ve en Aragón recuerdo o deseo, fervor y amistad.

Teresa Laguna llegó a Sevilla en 1973 desde Zaragoza para estudiar Historia del Arte. Habla a bocanadas, con el acento impregnado de sur y una expresividad que a veces revienta en metáfora luminosa. “Yo me siento mudéjar.. Cuando llegué a Sevilla veía todo blanco o negro; pero, al mirar el sol en una pared blanca, descubrí que existe una infinita gama de grises”. O al decir del agua: “El agua es de las pocas cosas que da identidad a Aragón. Es su vida, la forma de su conciencia”.

De La Maestranza, Espartaco recuerda la hondura del silencio en sus tardes de matador: “Aunque la plaza esté abarrotada, parece que no hay nadie. Tan hondo es el silencio que desde la arena se oyen las aves sobre los aleros, y el rasgueo de la muleta al arrastrarla en la arena”. Toreó siempre en Aragón y escuchó sonidos interiores: “El encanto de la gente, la entrega a quien viene de fuera. He tenido la fortuna de que el público me quisiera en todas partes, y muchísimo en Aragón. Cuando me tuve que retirar cuatro años, me cuidaron como algo suyo”. El matador posee una hacienda en la Garcipollera y muchos fines de semana recorre mil kilómetros hasta allá. “Vamos en cuanto tenemos un par de días. Mis hijos identifican Aragón con lo mejor de sus vidas”.

A Magdalena Canellas la llevó a Andalucía la fuerza del destino. Lo cuenta como si murmurara el principio de una canción: “Vine a Sevilla porque me enamoré de un hombre”. En su memoria, Aragón es un recuerdo precioso y extraño. “Añoro el viento. Zaragoza es para mí una ciudad idealizada”. Nunca deja de volver a ella, de un modo u otro. También lo hace Teresa Laguna, que ha visto cambiar Aragón y lo juzga: “Es una región que ha despegado, a pesar del estereotipo. Ha perdido universalidad -¡su historia es la historia de media Península!-, pero tiene un poso de cultura evidente en sus tierras, sorprende al conocerla. La campaña “Teruel Existe” es preciosa, un prodigio, pero debería decirse: “¡Aragón existe, corcho!”.

Un amigo burlón solía decir que en esta tierra ha habido tres milagros: Goya, Buñuel y la Recopa que ganó el Zaragoza. En ese último prodigio tuvo un papel principal Víctor Fernández, que en el 97 tomó las maletas para buscar la suerte arbitraria de los entrenadores. Ha vivido en Tenerife, en Vigo y ahora en Sevilla, pero siempre mirando a casa y a veces doliéndole esa mirada: “Desde fuera, a veces Aragón parece invisible. Debe ganar protagonismo en el mapa socio-económico y cultural”. Agrega que el tiempo y la lejanía avivan esa impresión: “En la distancia yo aún me identifico más con Aragón y sus problemas, sobre todo con el trasvase, al que me opongo frontalmente, y también con la despoblación”.

Amigos, celofanes y fieras

A Delibes se le presentó Aragón en una cestita de celofanes: “Jesús Gascón, un aragonés del Centro de Investigaciones Científicas, vino a trabajar con nosotros en la peor etapa de la Estación Biológica de Doñana. Nos traía Frutas de Aragón.. y nunca le agradeceremos suficientemente lo que hizo por la estación”. Ha recorrido esta tierra “desde los Pirineos al Alto Tajo, de los Monegros a Gallocanta..”. Y hace de Aragón un bestiario sugerente. Nombra el quebrantahuesos, el lince desaparecido, a las grullas y al visón europeo, una rara especie de carnívoro que rastrean los investigadores y que podría haber colonizado Aragón por el Ebro. Precisamente por el Ebro, del que también habla. “Comparto la lucha por el trasvase, pero digo que Aragón debe conservar sus zonas áridas, que son biológicamente apasionantes. La ingeniería aplicada a la tierra, salvo excepciones, es un gran error. La tierra es una máquina que no se debe forzar, porque se provoca un fatal desequilibrio. Y el agua trasvasada es el “doping” de la tierra”.

Penti también habla de amistades: “Eliseo Martín y “Fondi” (Fernando García, preparador de atletas) me descubrieron Aragón. Ellos son aragoneses cabezotas pero entrañables”. Y apunta una coincidencia impensada: “Vi en directo la Ofrenda y me impresionó el fervor. El aragonés es apasionado como el andaluz”. Pocos días después de este encuentro, Penti caería enfermo y sería hospitalizado. Ya se ha recuperado y se vuelve a obsesionar con la rutina estricta de los atletas. Saludarle de nuevo fue una alegría.

A la salida de La Maestranza, todos apuraron el tiempo para intercambiar sus teléfonos, como un grupo de colegiales que se hubieran reencontrado años después. Fue Magdalena Canellas quien en la despedida me devolvió todas las preguntas en una. “¿Y para ti, qué es Aragón?”, me dijo. Le contesto ahora: es amigos, magia y el territorio invisible que piso; la Recopa, Goya y los milagros; pasión, fervor, la tierra y el viento; las bestias que recorren los campos.. Y sobre todo, por encima de todas las cosas, los primeros de mi familia bajando de Ansó, en un carro tirado por caballos, a la vuelta del siglo.

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