A mí me han censurado

jueves, agosto 19, 2004 12:10
Publicado en la categoría purnas

A veces algunos recuerdos te sorprenden sin poder evitarlo. Es una sensación extraña porque nunca sabes de donde vienen, hacia donde van, y sobre todo porqué vienen. Hoy, mientras el calor me hacía dar vueltas en la cama estúpidamente una frase ha martilleado en mi sien izquierda. “A mí me han censurado”. Esa frase me ha llevado atrás en el tiempo. Buscando mis censuras. El tener una tribuna libre donde la única censura es la autoimpuesta, estas purnas, me hace olvidar a veces los momentos en que tú no eres tu único censor. También me olvido de todas las personas que no pueden decir lo que piensan, y en ocasiones, ni siquiera pueden pensar. Hoy, en esa cama de sudor, pensaba en las censuras sufridas en mis casi 30 años. Son incontables las sufridas de palabra. Esas en las que un codazo a tiempo o una mirada de reprobación hacen que te calles la boca. Pero también las he sufrido escritas. Recordaba dos. Con especial amargura, claro. Una de ellas sirvió para crear mi primer fanzine alternativo. La otra, sólo sirvió para acumular más rabia y marcharme con gesto altivo de una redacción. Una fue hace muchos años, doce. La otra sólo hace tres, pero parece que han sido más.
Yo era un joven colegial con ganas de escribir, con ganas de comunicar. Empecé a colaborar en la revista del colegio. Un colegio donde había algún nazi, mucho pijo, y poca gente con ganas de cambiar el mundo. En efecto, el cóctel era explosivo. Mis primeros artículos y una entrevista con José María Mur, entonces presidente del Partido Aragonés no tuvieron demasiados problemas. Pero al año siguiente el director de la revista se marchó. Dejó la redacción. Y yo, sin comerlo ni beberlo me vi en la tesitura de asumir el cargo. Es decir, dirigir una revista de color rojo llena de redacciones de niños, artículos sobre el amor, y bromas simples sobre los profesores. Por supuesto, mi visión era diferente, e intenté dotar de un contenido algo más enjundioso al bicho. Artículos sobre los neonazis, contra el racismo, sobre nacionalismo aragonés y las manifestaciones por el autogobierno que entonces estaban en su punto álgido (año 92), sobre la soledad de la vejez, sobre el enquistamiento de la iglesia en según que temas, sobre la homosexualidad. Nadie tuvo control previo sobre lo que íbamos a publicar. Yo lo revisé y lo corregí. Habíamos creado una revista de información sobre una revista del corazón (infantil). Lo llevamos a la imprenta, y el colegio y la APA se gastaron la pasta que valía imprimirla. Y llegó el día del reparto. Fue entonces cuando el censor, en forma de director de colegio, tuvo oportunidad de leer lo que habíamos escrito, lo que habíamos contado. Fue entonces cuando el censor decidió que los 2000 ejemplares se iban a pudrir en un almacén. Allí estarán todavía, supongo. Yo guardo dos de recuerdo. Nunca nadie vio esa revista, salvo el censor y los que la habíamos hecho. Después nos organizamos y recuperamos parte del material para crear “No por mucho madrugar”, el primer fanzine alternativo del colegio, al que seguirían algunos más. Pero la sensación de haber sido silenciado me duro mucho tiempo. Y me prometí que nunca me volvería a pasar.
Pero me engañaba, claro. Porque siempre pasa. Siempre lo intentan. Hay voces incómodas y gente que trata de acallarlas. Años después yo trabajaba en el Faro de Cartagena. Había tenido ya mis pequeñas polémicas. Como publicar datos de abuso agrícola en la Región de Murcia o la proliferación de medusas por el lanzamiento indiscriminado de abono en el Mar Menor. Algo así como publicar lo bonito que fue el derribo de las torres gemelas en Nueva York. También tuve problemas el día que vinieron un grupo proamnistia vasco a manifestarse en la cárcel de Cartagena y yo expliqué que la situación de los presos vascos, etarras o no, es la misma que la de los presos murcianos, aragoneses, catalanes, riojanos…que son dispersados de sus lugares de origen. También entonces, porque mi director tuvo miedo. Pero sólo una cosa no llegó a publicarse jamás. Por decisión del director regional del Faro, el ATS Manuel Ponce Sánchez.
Los problemas venían de antes. De cobrar por debajo del convenio, de la decisión de algunos de nosotros de no aceptar esa situación, de querer sindicarnos y crear una sección sindical combativa y no colocada por la dirección. A partir de aquí, los despidos. Antes de darnos tiempo de reaccionar habían despedido a 10 personas de una redacción de 16. Yo fui uno de los elegidos. A mí me dieron a elegir por boca de la directora, Marta F. Jiménez, si me iba yo o echaban a otra compañera. Lo hablé con la compañera, y dije que me quedaba. Nos echaron a los dos. Justo antes de irme, y puesto que ya no podía escribir sobre temas importantes, porque no tenían control sobre mí, me hicieron hacer encuestas en la calle sobre temas absurdos. Un día, y dada mi situación, decidí cambiar el contenido de la encuesta y preguntar “¿Crees que las empresas valoran el esfuerzo de sus trabajadores?”. Conseguí diez testimonios con su foto, y transcribí los resultados y una pequeña valoración personal con relación a nuestra situación en El Faro. Cuando Manolo Ponce Sánchez, de Pozo Estrecho, Murcia, vio la página, le dio un vuelco al corazón y decidió que mi trabajo de ese día no podía ser publicado. Como me lo esperaba, ni batallé, ni le dije nada. Sólo le miré con indiferencia y le dije, “Pues buenas noches, me voy a mi casa”. (aunque entonces no tenía casa y estaba de okupa en casa de mi amiga Cris). La mañana siguiente me deparaba nuevas sensaciones. Era mi último día de trabajo en el Faro, y subí a la redacción. Llegué tarde. Antes de leer los periódicos empecé a vaciar los cajones de la que había sido mi mesa, y a borrar cosas del que había sido mi ordenador durante un año. Manolo (Ponce Sánchez) intentó impedírmelo. “Los archivos son del periódico, y las fotos también”. A esas alturas, yo había borrado y descargado el 80% de los trabajos que había en mi ordenador. Así que cogiendo mis libretas, mis direcciones, mis agendas y la caja con mis cosas, me levanté. Dejé al ordenador borrando, y volviéndome frente al tipo que me había censurado, y que me había echado del periódico, le dije, “Si quieres, fotocopias los artículos, mis agendas por supuesto me las llevo. Arrieritos somos, y en el camino nos encontraremos”. Manolo (Ponce Sánchez) se puso rojo, y me gritó “El que se va amenazando eres tú”. Yo, tranquilo como no estoy nunca cuando discuto sólo lo miré y con mi más absoluto desprecio le repuse “Si no te sabes el refranero español, es tu problema, payaso”. Y dignamente bajé las escaleras con la redacción mirándome en silencio. Allí me esperaba mi añorado Fura. Y la playa, y después la montaña, y después muchas cosas. Y hoy, dos años y pico después, un recuerdo confuso en una cama mojada de sudor. Igual tuvo que ver el mensaje de mi móvil de ayer, un recuerdo del tiempo en el que fui okupa en Cartagena.

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