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Imágenes Poderosas. Barcelona, sí que sí.

lunes, julio 26, 2004 12:11
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Un domingo cualquiera. El calor ronda. La calle aparece casi desierta en mi barrio. Y china chana voy bajando hacia el mar. La humedad me vence, y el sudor se pega por cada centimetro de la ropa. TMB se convierte en mi aliado, y la línea 2 me deja en Sant Antoni. Esto sí que está lleno de gente. Libros antiguos, discos, juegos de ordenador, y gente. Pero quizás fascinado por la acumulación y una vez cumplido mi cometido en el mercadillo me decidí a pasear, un domingo cualquier, por el Raval. Por el Chino, para entendernos. Un domingo de esos donde los nuevos habitantes del barrio (es decir erasmus y gente con rastas) están en la Barceloneta o en el Parc de la Ciutadella bongó va, bongó viene. La Rambla del Raval estaba desierta a esas horas, y cogí la del medio a la izquierda, hacia la plazuela de Sant Agustí. Otro mercadillo se extendía en 50 metros cuadrados. Basura a la venta, y algún artículo, por robado, aprovechable. No está lejos el día en el que ví una cámara de vídeo “rescatada” de algún ciudadano japonés que en un vano intento por evitar lo imposible, había tatuado en el lomo su nombre con rotulador indeleble. Los vendedores, el verdadero Fórum de las Culturas, habían venido del norte y del sur, del este y del oeste. Pakistaníes, hindúes, afganos, marroquíes, ecuatorianos, colombianos…Los únicos lugareños iban de azul y llevaban un coche con sirenas. Después, muy cerca, la otra plaza epicentro del Raval. De 15 en adelante, casi hasta los 70, hay mujeres que trafican con su cuerpo. Y se colocan por grupos, y miles, por exagerar, de hombres las vigilan, las otean, las ojean, las sopesan. Por si vale la pena pagar los entre 10 y 60 euros por servicio. Ahí están el Mariano, el Josep, el Antoni, el Gervasio, hombres en su mayoría de una edad en la que parece ser que en su casa no les dan lo que necesitan. Sudamérica y Africa, en un raconet del Raval, les brindan la satisfacción. También rondan hombres más jóvenes. Son los pastores. Los que cuidan la mercancía. Cada mañana el eterno juego de la seducción por dinero. Cada mañana, la eterna obra de teatro privada. Cada mañana, personas que se venden y personas que las compran. El espectáculo es denigrante para unos y para otros. Sobre todo visto desde fuera. Desde dentro todos tienen asumido su papel y lo sobrellevan con mayor o menor dignidad. Dejó a mi espalda el mercado humano y la nueva sede buenrollera del Punt y Vilaweb. Mis pasos se dirigen por Marqués de Barberá hacía Unió. Una nueva y poderosa imagen sale a mi paso. Voy por la calzada. En la acera de la izquierda, tres personas enfundadas en túnica con grandes barbas y gorrito blanco discuten acaloradamente. Enfrente, sin inmiscuirse en la conversación, sin entenderla, un altísimo gitano está sentado en el suelo con el radiocassete a tope. “Tranquila mi vida, he roto con el pasado, con mil caricias paŽ decirte, que siete vidas tiene un gato, seis vidas ya he quemado, y la última la quiero vivir, a tu lado”. ¿Autobiográfica?, tal vez. Concentrado en la letra y con su tetrabrik de Don Simón “Antonio Flores” estaba en un mundo propio. Más sincero que cualquier imagen de Barcelona. Reconciliado con Barcelona, con su sinceridad, al margen de campañas de marketing, llegué a las Ramblas, me refugié en la Facultad de Periodismo de la UPF, y cogiendo las cuatro primeras películas de guerra que encontré en la Biblioteca, corrí al metro de nuevo, y antes de que Clos, el fórrum, Copito Portabella o el puesto de los indepes de las Ramblas me líen la manta a la cabeza estaba viendo “La Chaqueta Metálica”. Los humanos en el fondo, somos todos iguales. Aunque nos guste decir lo contrario y a veces hasta nos guste matarnos a tiros.

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